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El Castro de Baroña se encuentra -como su propio nombre nos indica-, en la parroquia sonense de Baroña. Para llegar hasta el Castro, debemos tomar el mismo camino que lleva a la Playa de Arealonga y una vez aquí, un desvio nos acerca al Castro. Este está situado en una península rocosa a la que se llega por un itsmo arenoso en el que ya nos encontramos con las primeras fortificaciones de estos vestigios.
Tras la puerta de entrada -en la que se aprecian perfectamente los peldaños de la escalera- llegamos a un poblado dividido en dos: la parte inferior (la zona sur) y parte superior (la zona norte). En la zona sur situada a un nivel inferior que la norte, nos encontramos con las primeras construcciones y flanqueando la puerta aparecen los restos de la torre que serviria de defensa y haría también las veces de garita. En la zona norte separada de la anterior por una muralla más y a la que se llega por otra puerta con escaleras (igualmente muy bien conservada) y en la que se encuentran más construcciones, en las que se puede apreciar un mayor tamaño que las de la zona sur o nivel inferior.
Con respecto al hecho de la falta de puertas y ventanas en las construcciones castreñas todavía hoy suscita debate entre la comunidad arqueológica, no obstante, la teoría con más fuerza y más sostenida es aquella en la que se postula que la puerta de entrada estaría ubicada en la techumbre de la vivienda, la cual viene reforzada por la poca altura de las paredes exteriores, mientras que la iluminación interior vendría proporcionada por un hueco en la parte más alta que también haría las funciones de chimenea permitiendo la salida del humo producido fuego que estaba siempre encendido dentro de las viviendas.
El Castro de Baroña, es el más típico ejemplo de castro de tipo marítimo, ya que no solo se encuadra dentro de esta clasificación por su ubicación, ya que también lo hace por el medio de vida de sus habitantes. Pero de su economía hablamos en el apartado que tiene destinado.
Pero la majestuosidad del Casto de Baroña, no reside en sus muros, puerta de entrada (en un óptimo estado de conservación), o sus contrucciones; la belleza del Castro reside en el lugar que elegido por nuestros antepasados para levantar su civilización y sus urbes. La península rocosa perfectamente defendible por todos sus flancos, en los cuales el mar jugaba una parte importante, y su fortificación en el único acceso posible (teniendo en cuenta los medios materiales de la época), así como los acantilados que lo circundan, lo convierten en un bastión de resistencia, preparado para sufrir guerras, asedios, y los ataques de los ejercitos mejor armados. Sin embargo, las últimas excavaciones, abren la posibilidad que de poco sirvieron ante la llegada de las tropas romanas.