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La ofrenda
por Eduardo Protto
El hombre apuraba la marcha abriéndose paso entre el gentío, deseoso de llegar cuanto antes. Había comprendido la situación y estaba al tanto de su importancia, así que dobló en la esquina y enfiló hacia el edificio alto. Al llegar al umbral se paró frente a la botonera de la entrada, y circunspecto, como si trazara un rumbo, alineó la letra con el número, luego apretó el timbre del portero eléctrico y decidido, cerró las puertas con energía y pulsó el número correspondiente.
Durante la travesía se sacó el sombrero oscuro y se alisó el pelo engominado, acomodó el nudo del pañuelo blanco que llevaba al cuello y junó de reojo, con un vistazo experto, el resto de la pilcha lustrosa reflejada en el espejo consabido. Un tufillo a perfume barato le aureolaba la cabeza y el tac- tac de su corazón ansioso se acompasaba con el rítmico tac-tac que el elevador golpeteaba al sobrepasar cada piso. Cuando se detuvo, lo hizo precisamente, con una brusquedad marcial que sacudió al pasajero.
Al descender prendió un cigarrillo. ¡Estaba cerca! Faltaban unos pocos pasos y un par de botones. Uno era el de la luz que iluminaba el largo pasillo blanco, y el otro, unos metros más adelante, incrustado junto a la sólida puerta de madera, correpondía al llamador gangoso que anunciaba sin pompas ni oropeles, con indiferencia de lacayo malpagado, la llegada puntual de la visita.
Intuía que tras los muros ella aguardaba impaciente, plagada de abrazos y besos arduamente contenidos. Presentía las caricias pródigas, la conversación casual y alguna risa breve flotando sobre los deleites del encuentro. Luego del liviano copetín degustado con parsimonia, recorrería despacio, como quien templa el cordaje de una guitarra, la piel suave de la naifa, erizada al contacto de sus dedos furtivos.Se sentía afortunado, aunque sabía de sobra que la suerte, como toda hembra, tenía sus caprichos y no había que confiar mucho en ella.
No acostumbraba a magnificar los eventos, pero a decir verdad esos encuentros diferían de otros por un pequeño detalle. La mina no sólo le daba su afecto --al menos eso creía-- sino que le brindaba por añadidura su casa y su cama. No era poca cosa y debía reconocer, a fuerza de ser justo, que la ofrenda era valiosa, particularmente en aquellos tiempos difíciles en que las mujeres trancaban con igual celo tanto el corazón como la alcoba.
Ensayó una sonrisa canalla cuando por la puerta entreabierta vió que la señora, envuelta en un batón color de rosa saludábalo amablemente y lo invitaba a pasar. Entró con aire canyengue, dejó la daga sobre una mesita y se dispuso para el ceremonial de rigor.Había en esos preámbulos del amor una solemnidad de catedral, y como supliendo las graves notas del armonio religioso, una victrola junto al sillón, raspando el disco con púa desgastada, reproducía un tango de Arolas fraseado por el bandoneón de Juan Maglio.
Eduardo Protto
Buenos Aires
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Cuatro puertas
por Rafael Moriel Escudero
En lo alto de mi escalera hay cuatro puertas. Yo vivo en la del fondo, a la derecha. Habito un pequeño estudio desde los treinta y pronto cumpliré los treinta y seis. Aunque... sin embargo, jamás tuve noticia ni tropiezo con vecino alguno; y ahora que lo pienso, nunca vi a nadie allí, en el portal, ni siquiera en las escaleras.
Creo que mi casa no es normal; posee algo extraño que me produce vibraciones -sólo eso-, ni buenas ni malas. Y a menudo tengo la impresión de que ese lugar, cada uno de sus escalones, hasta la misma pintura de sus paredes y la lámpara pertenecen a otro mundo, quizá onírico, como en una ilusión. Sin embargo, ¡yo estoy vivo!
Me atormenta el desconocimiento que me rodea y siento la necesidad de descifrar el misterio. Hoy, cueste lo que cueste y al regreso del trabajo, lo sabré todo. Aunque sea lo último que haga. Lo siento próximo, impaciente.
Ya estoy en el portal. Decidido, subo una a una las escaleras, silencioso, extremando precauciones... Me desborda el saber quién o qué se oculta tras las tres puertas restantes. Baboseo.En lo alto de la escalera, mi corazón palpita. Sé que nadie me verá pero actúo temeroso. Y me posee un terrible escalofrío cuando abordo el pomo de la primera puerta, la siguiente al estudio. Abro: todo está oscuro, el negro se me queda corto; ni siquiera existe la sombra, y miro la luz de la escalera y sigue allí, negándose a proyectar mancha alguna sobre el interior del ¿estudio? Muevo, abriendo y cerrando la puerta, jugando con la luz y su efecto, sin respuesta física de la sombra. Nada.
-¿Hay alguien ahí...? -y no existe el eco. Me posee una sensación de vacío, un frío y la nada. Asustado, cierro la puerta e intento normalizar mi entrecortada respiración, ya de espaldas y apoyado sobre la puerta, pálido, sudo, sudor helado. No sé cómo podré vivir a partir de ahora, sabiendo lo que hay al otro lado, tras la pared de mi dormitorio. No encuentro adjetivos para expresar las sensaciones que allí he percibido.
Y abro, con extraña decisión -mezcla de temor y aturdimiento-, la segunda puerta:
Azul, todo es azul; no veo paredes ni esquinas, ni rayas ni suelo. Me quedo un momento pensativo, rozando el éxtasis -más bien perplejidad- y descubro que es "la puerta del azul", un azul brillante. Sin más, no se me ocurre otra cosa. Penetro unos metros...
-¿Hay alguien ahí...? -y el eco resuena y mis pies pisan firme, pero allí todo es azul, ni siquiera se advierte superficie alguna; existe suelo o algo parecido, lo piso pero no es rugoso ni pulido, sólo azul. ¿Acaso el cielo infinito? De veras que no entiendo nada y salgo escapado, temeroso de que la puerta se cierre por sí sola y me quede encerrado; ¿quién acudiría en mi auxilio? ¿Es esto el cielo y aquello el infierno?... No es humano, desde luego, no pertenece a este mundo. O quizás sí.
Cierro la segunda puerta y pienso, pienso tanto que no sé lo que pienso. Saco los cigarrillos y mis manos tiemblan; se me cae el paquete y golpeo mis bolsillos en busca del mechero. Enciendo un cigarrillo, le doy dos caladas y lo tiro... ¡Oh, Dios!... Me voy a volver loco.
Debo continuar, hasta el final.
Me acerco a la tercera puerta, verborreando... hablando solo. Mis labios emiten vocablos sin sentido, susurros... Palpo pero no hay pomo, tampoco puerta: es un cuadro, una pintura, ¿acaso una broma? ¿Quién puede quererme tan mal? No hallo explicación alguna a lo que me está sucediendo. Suspiro y suspiro.
Derrotado, retorno cabizbajo y sin ninguna prisa a mi estudio. Una vez allí cierro la puerta y me tumbo sobre la cama, boca arriba, confuso, extrañamente tranquilo.
Mirando a la bombilla, doblo mis brazos con las palmas de mis manos bajo el cuello; resoplo, y me digo a mí mismo:
-Ahora que ya sé lo que hay detrás de las otras puertas, ¿en qué pensaré a partir de ahora?... -. Desalentador.
Rafael Moriel Escudero
rafa.moriel@teleline.es
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o5ñy53·inicio |
Mi amigo Parkinson
por Armando Julio González Ríos
Parkinson es un amigo entrañable. Inesperado amigo que ha invadido mi territorio sin previo aviso. Colándose en mi vida como una plaga. ¡Aquí estoy yo! -soterradamente da muestras de su impaciencia vital. Trato de despistarlo pero enseguida me alcanza y me rebasa en la carrera. Nos miramos en el espejo del aseo, con desconcertante precaución, temiendo un descubrimiento fatal que nos afecte a ambos y nos marque para el resto de nuestros días. ¡Nos asemejamos tanto tanto! -admito. Enseguida reconocemos que nuestros rasgos coinciden como dos gotas de agua o como los gemelos que antes no fuimos. Su mirada se apoya en la mía. No pestañea. Sus gestos repiten los míos. Su palabra se guarda en mi silencio. A pesar de estas coincidencias (fruto de la gana más que de la realidad) somos dos ejemplares humanos diferenciados por costumbres apartadas de la coincidencia o por pensamientos alejados y dispares. Nuestra amistad nos viene de largo, de muy largo, tal vez de alguna lectura en común no recordada ahora. Nos reconocemos con un simple apretón de manos, aunque la suya titubeé involuntariamente. Nuestra relación se inició de rara manera. Fue en la consulta del doctor de cabecera o de medicina general, da igual.
-A usted le ocurre algo -le señaló el doctor.
Los músculos de mi rostro reprodujeron el molde de la incredulidad, noté la tirantez de mis facciones, la sequedad de la escayola universalizando mis rasgos.
Lo que me digo: ese temblor de las extremidades superiores, esa rigidez de la cara, ese atasco de las extremidades inferiores, esa carrera obligada por la micción repentina, ese grito de arenas ardientes propiciado por la sequedad del desierto, aquella inapetencia sexual apoyada por el descuido de la pasión, aquel arropamiento de la mano estremecida, aquella desgana por las reuniones sociales antaño tan frecuentes. Ahora, sacudido por la evidencia de la enfermedad, se decanta por los parajes rechazados otrora entre juegos y parques iluminados.
Yo, seguramente, mantenía mi expresión de lelo, soportando la amenaza de la certeza recién expuesta. El doctor recomendó la conveniencia de que mi amigo visitara al neurólogo.
A partir de esa fecha. Los días transcurrieron con parsimoniosas horas engarzadas a un tiempo idéntico. En la fecha asignada por un riguroso orden, fuimos presentados oficialmente. Usted reúne todas las condiciones para ser un exacto parquinsoniano -declaró la doctora especialista en neuronas. El cuadro es perfecto, de libro. Yo entendí que conocería a alguien llamado Parkinson que estaba escribiendo un libro. (Pero el que acababa de escribir un libro lo supe seis meses después de la primera consulta- era el doctor Birkmayer).
Al cabo de los días tenía un conocimiento más preciso de mi futuro amigo Parkinson. Alguna vez alguien pronunció su nombre en mi presencia y yo me imaginé que la persona así llamada no podía tener otro empleo que de almirante. ¡Almirante Parkinson! -suena bien. Por supuesto almirante americano, como esos impolutos oficiales que se lucen en las películas sobre alguna batalla famosa en el Pacífico. En mangas de camisa, pero camisas planchadísimas, donde se cuelgan los premios y las citas honoríficas de fin de mes.
Mi amigo Parkinson ha entrado en mi vida como un huracán. 0 estaba en mi vida -desde siempre, aguardando la revelación de algo. Se ha convertido en mi otro yo, calcadito a mí. Lo compartimos todo, sin egoísmos, tanto lo mío como lo suyo, se confunde en las formas y en los contenidos. Ayer precisamente le dije -una vez más- que puede contar conmigo para todo. En su leve sonrisa interpreté que puedo esperar de él igual comportamiento.
Confieso abiertamente que jamás alguien ha estado tan cerca de mí como él. Es el amigo perfecto de quien se puede esperar todo menos la traición. Es más, estoy por asegurar que desconoce el significado de esa palabra. Para él no existen rincones ocultos, se manifiesta sin indiscreciones, como cuando se empeña en andar y la pierna se le queda pegada al suelo, ni para adelante ni para atrás. El rostro se le endurece pero yo le ánimo con un empujoncito en las caderas. A él le gusta la vida, aunque a veces se queja. He llegado a pensar que sueña su sueño, pero no consigo saber cuál es el sueño que ocasionalmente lo maltrata obligándole a desesperarse. La desesperación no es consustancial a su personalidad. Padece lo que llamo síndrome de Aquiles, o sea, admiración por el enemigo a quien trata de igual.
Mi amigo Parkinson y yo nos identificamos en una misma persona, esta cualidad nos permite mayor conocimiento del uno y del otro. Un día descubrí que le temblaba la mano derecha más de lo que se considera normal. Hemos alcanzado tal participación que compartimos hasta los mínimos detalles en nuestras relaciones. Mi amigo tiene un problema, me consta. El lo oculta, pero el esfuerzo es tan enorme que desbarata la estructura de su cuerpo. Enorme tensión. Me confiesa que percibe el desgarramiento del cuerpo, como si alguien pretendiera abrirlo en canal. Ayer, mirándolo en el espejo del lavabo, le pregunté ya que no se decidía a hablarme, que se confesara abiertamente. Sufría en silencio. ¿Qué ignoraba yo para que s comportara de ese modo? En la ajetreado frontera de la cama peligra su descanso. Se desvela en la media noche o después, cuando descubre miradas inciertas al otro lado de las persianas. Cumpliendo alguna antigua promesa ejercita el insomnio porque el tiempo es tan corto que es preciso substraerle horas al sueño. El martes pasado se escondió en el guardarropa con un propósito que no entendí. A mi amigo lo he tenido siempre por extranjero. Además, su apellido lo delata. ¡Parkinson! -suena bien. Nombre de agencia americana de detectives. No sé por qué pero me imagino que nuestras aventuras singulares las vamos a compartir. Yo no me opongo, es más, deseo que así sea, profundamente lo deseo. Me supongo demasiadas cosas. ¿En qué me fundo para afirmar que la nueva experiencia vital la compartiremos a partir de ahora? Compartimos la confianza, el sudor, el aliento. Hay días que me agradaría estar solo, pero mi amigo Parkinson ha entrado con tal fuerza en mi vida que no puedo hacer nada sin que él esté presente. Es mi sombra, mi doble, mi pecado. ¡Más vale estar mal acompañado que solo! -le grito. Mi amigo Parkinson teme que el tratamiento que le han impuesto (porque todo tratamiento es una imposición) modifique su carácter, su vida, su risa, su muerte. De hecho ya se le notan algunas rarezas. Trata de evitar reuniones insulsas donde su extrañamiento roza las ganas de huída. Sonríe mecánicamente, torcedura de labios como si catara un bocado asqueroso. Percibo una tristeza inconmensurable en sus ojos. No lo admite, pero creo que ha pactado con un Fausto en proceso de formación. Sus andares se han vuelto más torpones. Con la mirada, simplemente, me comunica algo de su torpeza. Cuando nadie se interesa por sus haberes, intenta evadirse, me guiña un ojo con vámonos lejos de aquí, antes de que las flores se marchiten, ¡vamos! -lo animo-, ¡vamos! -le repito-, es necesario alegrarse aunque los motivos sean escasos.
Las relaciones, llamémoslas personales, entre mi amigo Parkinson y yo son cada vez más estrechas. Sospecho que entre nosotros se desarrollan lazos más fuertes de lo que esperamos en nuestra intimidad. No queremos reconocerlo. Me mira de reojo, haciendo valer sus dotes de simulador. No sé que me atrae de su personalidad. A menudo empleo mi tiempo en una estricta observación. Disfruto cuando él se sumerge en sus tareas y yo dispongo mis disimulos y mis ocupaciones para evitar que me acuse de entrometido. Quisiera ayudarlo pero ignoro el modo. Él disfruta de carácter inconstante, en tan solo décimas de segundo es capaz de traspasar la frontera que delimita el territorio del llanto con el de la risa más sofocante. Sus motivos tendrá -me digo, desdeñando la búsqueda. El carácter de mi amigo es cíclico, cumple etapas bien diferencias unas de otras. Mi amigo se asoma por un horizonte que denomina de sucesos, como si esperase el acontecimiento inaudito que consumase toda su experiencia vital. A veces se refiere a efectos secundarios... No entiendo. Tampoco le pido que me explique. Ya se sabe que los efectos secundarios tiranizan nuestros estados de ánimos.
A mi amigo Parkinson le tiemblan las manos. Tal vez le tiembla el alma, pero calla, esconde en sus adentros los gestos doloridos.
Quiere evitar mi concienzudo espionaje, salirse de mi campo de visión, comportarse como si nada ocurriera, pero suceden santísimas cosas... santísimas que no podemos evitar, ninguno de los dos, que se nos derramen dos lágrimas paralelas. Hoy me he avergonzado, hoy o antes o después, y me he entretenido al margen de él, casi escondiéndome en una habitación con mi vergüenza, con la incertidumbre de si sabrá que compartimos a la misma mujer... ¡qué sonrojo! Así de crudo: la misma mujer en los brazos de ambos. El triángulo perfecto. Lentamente, en el tiempo y en el espacio, he comprobado que nuestra situación no es -¿cómo decirlo?-, no es pecaminosa... Exactamente. Mi amigo Parkinson lo percibe -como una corriente de aire fresco- estoy seguro, pero antepone la armonía entre los tres antes que incurrir en falsas ofensas o en las descaradas propuestas de una sociedad que no admite la felicidad por mucho que se demuestre el bienestar de nuestro singular matrimonio.
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El Quilombo de Palmares
por Ricardo A. Kleine Samson
Anoche, Matilde, que es Brasileña, me contó con su encantadora mezcla de Castellano y Portugués, una histo.........¿Qué quien es Matilde?.........¿....Yo me meto en su vida?.....Bueno me contó una maravillosa historia de un lugar que esta al norte de Bahía, en la provincia de Pernambuco, en Brasil......Parece ser que en el año 1600 los Portugueses y Holandeses estaban jugando a la guerra por el destino de esa tierra Americana. Este desorden fue aprovechado por algunos esclavos negros para escapar de su condición de tales, ...no de negros, ......sino de esclavos. Para evitar ser encontrados buscaron un lugar en donde refugiarse y medianamente establecerse y vivir en libertad. ¿Dónde se escondieron?.....En Palmares, que es como un bosque, pero de palmeras....¿Cómo se llamo este lugar?.....El Quilombo de Palmares....¡SI!.. Así como lo escucha: ¡El quilombo de Palmares!. Ud. creía que quilombo evocaba un desorden absoluto, el caos total, ...bueno se equivoco....... ¿Cómo se llamaban los que vivían en este quilombo?......... ¡NO!...¡Otra vez se equivoco!...Se llamaban: Quilombolas,...... así como lo lee . La tercera pregunta es fácil: ..¿Cómo vivían los Quilombolas? .Dígame, no se cansa de equivocarse El que esta en bolas es Ud. que no sabe nada de historia Brasileña, Los Quilombolas vivían vestidos, .¿Qué creía Ud.?
El Quilombo de Palmares significo un principio de orden al que indudablemente asociaban su libertad. El Quilombo creció hasta llegar a ser una ciudad de mas de 20.000 habitantes. Pero no solo había negros, también vivían los "forros", que son los que los Brasileños consideran como parias o marginales de la sociedad, fueran de cualquier color de piel o matiz religioso. Sin embargo había una curiosidad, allí se organizaban guerrillas para ir a liberar a mas negros, estos nuevos que se incorporaban al quilombo seguirían siendo esclavos hasta que fueran a liberar a otros negros. Este era el precio que se tributaba en el quilombo para vivir en orden.
Parece contradictorio que en el Quilombo de Palmares se viviera en orden, sin embargo lejos de ser una trampa lingüística es una verdad científica e histórica. El aparente orden que vemos en el universo paga un tributo altísimo por establecerse como tal, y contrariamente a lo que supone, este tributo lo único que garantiza es que el desorden crezca en complejidad y diversidad.
.........Sigamos con la historia......El relativo y aparente orden del Quilombo de Palmares lo genero un profundo y justo deseo de vivir en libertad. Su "necesidad" de libertad se encontró con el "azar" de las circunstancias políticas de Holanda y Portugal para generar su propio espacio. Una vez establecidos en los Palmares comenzaron a crecer y se diversificaron tanto las opiniones de cómo gobernarse entre sí que genero disputas que terminaron matando a muchos de sus dirigentes, logrando así un nuevo desorden. Este desorden es el tributo que se paga por el orden establecido. Los esclavos negros creían vivir libremente solo porque desconocen la naturaleza de la libertad. Este ultimo desorden no agoto a la nueva colonia de negros, por el contrario la diversifico en nuevas manifestaciones. Su libertad se agoto en su "determinación" de vivir de una manera. La determinación de algo hace a ese "algo" predecible. La libertad, humana, cósmica, física o química, esta mas allá de lo predecible y en esto se funda la riqueza de lo inédito.
En física o química, la "Entropía" es como una medida de desorden y en el universo,....en todo el universo, en el suyo o el del espacio, el desorden crece y cada vez es más complejo. Sin embargo el orden que uno ve, paga un tributo infinitamente mayor a las energías que utilizo para ordenarse. En el orden, la materia, es decir las "cosas" se organizan y estructuran y de esta nueva instancia emergen propiedades nuevas e inéditas que sus "cosas" no tenían.
Parte de la energía es utilizada para lograr orden, pero una parte mucho mayor es liberada al espacio generando mas desorden.. Así como los esclavos Africanos tuvieron que
hacer un quilombo para vivir en orden, el universo le cobra al "orden" una importante cuota de "desorden", que no es mas que ausencia de organización de las "cosas".
Cuando Ud. duerme con la plata en el colchón, cree estar tranquilo, sin embargo en su aparente estado de reposo alguien le cobra por hacerlo y mucho más de lo que Ud. descansa, pero quédese tranquilo nadie le va a sacar un peso, se llevan solo su energía. La energía de su cuerpo es calor y se libera al espacio en forma de rayos infrarrojos. Las inmensas diferencias de temperatura que hay entre una galaxia y el living de su casa son las que permiten y gobiernan lo imprevisible e inédito de la riqueza universal.
Mientras el universo continúe su expansión habrá mas calidad y cantidad de desorden y este es el fermento de la diversidad. Si el universo fuese un lugar cerrado, tarde o temprano, se agotaría esta posibilidad, todo desaparecería por la presión de ese encierro.
Por eso el orden que Ud. ve es un verdadero quilombo......¡El Quilombo del Universo!Ricardo A. Kleine Samson
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La grúa
por Manuela Maciá
Vi a la grúa jirafa ascender lentamente y al hombre metido en esa especie de barriga de canguro. Vi como pegaba contra el cristal una bayeta impregnada de agua y espuma y empezaba a frotar con movimientos parsimoniosos. Yo le miré indiferente, entré en el cuarto de baño y abrí el grifo. Consideré que no eran horas de limpiar los cristales, pero también me dije que no era asunto mío. Estaba cansada y lo único que deseaba era deslizarme dentro de la bañera y relajarme. Al salir del baño comprobé, con decepción, que el hombre seguía allí. Sus ojos, descarados y vehementes no me gustaron. Si alguna duda había tenido en poner doble cortina, desde aquel momento quedaba disipada. Volví a entrar en el cuarto de baño y cerré el grifo. La bañera estaba casi llena y el vapor había empañado el espejo. Comencé a desnudarme, pero me detuve al instante. ¡No podía meterme en la bañera con aquel hombre adherido a mi ventana! No es que tuviese miedo o excesivo pudor, al fin y al cabo, dentro del baño no podía verme. Aún así, decidí esperar a que se fuese.
Después de casi quince minutos, en los que deambulé de un lado para otro ordenando la habitación y expuesta sin remedio a esos ojos burlones que me observaban cada vez con más fijeza, llegué a la conclusión de que debía enfrentarme a él, decirle que se apartara de mi ventana, que dejara de hacer lo que fingía estar haciendo. Ya me había dado cuenta de que simulaba limpiar los cristales, pues había pasado la bayeta mojada y seca por el mismo sitio varias veces.
Por primera vez, desde que compré aquel apartamento, me pregunté si había sabido elegir. Tras vivir durante muchos años en una casa grande, donde el ir de mi habitación a la cocina suponía un trayecto casi interminable, siempre había soñado con tener un apartamento pequeño en el que todo, excepto el cuarto de baño, estuviese en el mismo sitio. Y allí estaba, en una torre de cristal, un edificio de cincuenta pisos de altura... Entonces me di cuenta, fue un golpe bajo y traidor. ¡Cómo había podido ser tan ingenua! Yo estaba en el piso cuarenta y tres y era imposible que hasta allí llegase una grúa...
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o5ñy56·inicio |
La escapada
por Milagros Román
Me hace mucha gracia leer artículos sobre las vacaciones. Todo el mundo anda un poco nostálgico recordando las épocas de la niñez, en el que los periodos estivales gozaban de un encanto muy particular.
Hace unos cuarenta años, cerrar la casa para alejarse unos cuantos kilómetros, era un verdadero ritual; enfundar lámparas y muebles, cargar con vajillas y ropa de la casa, a veces hasta con los colchones, el pájaro, el perro, la abuela, etc, etc,... para luego no hacer nada especial; dejar pasar el tiempo relajadamente, sin más. Pero ahora, cuando se supones que hemos alcanzado una cierta comodidad o facilidad en los desplazamientos, cuando los apartamentos playeros sean o no de propiedad, disponen de casi todo el menaje doméstico y no hay más que poner la llave en la cerradura, se empieza a hablar de lo bien que se est á en la ciudad, sin salir de casa, porque todo el mundo esta fuera, de lo apacible que resultan las calles, apenas sin ruidos, sin coches ( el ruido está en las playas precisamente), con los semáforos funcionando porque sí, dándote el gustazo de saltártelos a la torera, sin colas en las carnicerías, con aparcamiento en cualquier parte etc. Y es que nunca estamos contentos del todo. Hasta se empieza a reconocer lo in útil y cansado que pude resultar hacer el obligado viaje vacacional haciendo el turista por doquier y disfrutando únicamente a la vuelta, cuando ya estás en casa tranquilo y te dispones a contárselo a los demás, que es como se disfrutan realmente los viajes.
¿Qué es lo qué queremos? ... Añoramos aquellos tiempos en que nos dedicábamos a no hacer nada especial, a dejarse envolver por las horas lentas y armoniosas del dolce far niente Las tertulias en la calle, en los cafés, en las casas, los paseos sin destino, andar sin más... ¡Qué modernos éramos ya! Ahora se habla y se hable de todo lo que conviene a nuestra salud mental; ser positivos, reír mucho, buscar el relax... Pero todo queda en pura teoría. No podemos. Necesitamos hacer siempre algo porque no sabemos desenganchar. La inercia nos conduce hasta la obligación tópica y típica de tener que plantearse tiempos dedicados a... ¡lo que sea! Con tal de hacer algo, aunque resulte un esfuerzo físico o mental y nos acarree consecuencias de vacío hasta el vértigo existencial, porque luego, habrá que afrontar el período (obligatorio también) de ser poseídos por el síndrome post-vacacional del que tanto se habla y para el cual hace falta ese tiempo puntual de adaptación para entrar de lleno y con vitalidad al mundo del trabajo: los niños al colegio, y los mayores a su rutina.
¿No hay solución, pues?. Las vacaciones de antes por pacíficas, si es que las había para todos, eran realmente mejores? ¿O es que en realidad, cualquier desajuste anímico y mental era superado inconscientemente porque no analizábamos con meticulosidad aquello que pasaba en nuestro interior?...Se hacía lo que se podía y eso era sano, como lo puede ser ahora mismo, si nos conformásemos con nuestra simple o complicada existencia, sin pedir más, sin planificar tanto, con la esperanza y los sueños normales que alimentan la vida de cualquier individuo y que son tan necesarios.
Lo que realmente queremos o añoramos es conseguir el lujo de vivir dejando transcurrir el tiempo ( que ya no encontramos) dulcemente, sin tener la mala conciencia de que lo estamos desaprovechando.
Presiento que todo los intentos, en un futuro, por cambiar los hábitos van hacia ello, a conseguir la añorada sencillez de vida. Pues todo es cíclico, y las metas superadas dejan de interesarnos para reemprender antiguas, simples y sanas costumbres. Lo malo es que no podemos conseguirlo en solitario; hay que luchar contra el bombardeo propagandístico vacacional y tiene muy mala prensa decir aquello de que no he hecho nada estas vacaciones, excepto pensar. Leer y pensar, por supuesto. De ah í nace la paz en nuestro espíritu que es lo que verdaderamente cuenta.
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