Escudo de Sig|enzaSiguenza
Sigüenza, Ciudad del Doncel



Notas sobre una Ciudad Mágica

Sigüenza es para mí una de nuestras más hermosas ciudades aún perdidas. Conserva como un tesoro sus infinitas posibilidades, el ayer encerrado como carne palpitante todavía, aunque de piedra sea, entre sus monumentos. Lo ofrece al viajero siempre con mano abierta, tendida y cordial. Pero ¿llega a ella el caudal de gentes que merece afluyan para admirarlo desde todas las latitudes? Creo que no. La corriente turística que ha logrado atraer, no es aún bastante. Sigüenza es digna de un mayor número de visitantes en cada día del año, ya que todas las épocas son buenas para verla. Sin apresuramiento, por descontado.

Sigüenza, ciudad con hondo señorío, fisonomía propia y una larga historia a las espaldas, no es para contemplarla con esas prisas que llevamos a cuestas, como un fardo difícil de apartar, quienes viajamos con alguna frecuencia. En ese sentido hablo, al decir que está un poco perdida: pero con su ánimo y nuestra voluntad, dispuesta a ser ganada plenamente.

Desde hace mucho tiempo me asalta la duda de si al periodista y al escritor de turismo, al fotógrafo que ha abrazado con gozo esta especialización, se nos puede considerar turistas o viajeros. Elías Canetti, que escribió uno de los más bellos libros sobre Marraquech, afirmó, quizás con un cierto grado de exageración, que el primero es la caricatura del segundo. Viajar de verdad significa desterrar la prisa y detenerse en un lugar el tiempo que haga falta para descifrarlo. Con mayor razón, si hay que trasladar a otros nuestras impresiones. Es lo que hizo Bowles con Marruecos. En cambio, el turista corriente es el que cruza sobre las cosas con rápida mirada y no se asienta en ningún sitio. Lo que le importa es correr, para poder decir que pasó por muchos lugares, aunque la realidad no estuviese en ellos.

Por desgracia, los que profesionalmente o por evocación irrefenable manejamos la pluma o la cámara, no disponemos de todo el tiempo que quisiéramos. Por eso, algunas veces desempolvo un viejo verso de Ronsard y lo aplico a nuestro afán: puestos siempre a partir, permanecemos, siempre. Pero, ¿cómo permanecemos? ¿Acaso no es la ciudad o el país, lo que se instala en nosotros a través del recuerdo y la experiencia, y con su traslado a los demás? De acuerdo: pero también es cierto que cuando partimos del país o de la ciudad que sean, seguimos estando allí. Es una simbiosis, en algunos casos irrompible- el de Sigüenza, por ejemplo- la que se ha establecido.

Tiene razón la socióloga búlgara Julia Kisteva, cuando escribe No se tiene tiempo cuando no se viaja lo suficiente; se pierde el tiempo presente cuando no se viaja; pero se pierde el tiempo pasado, si no se tiene nada que decir a nadie. Aunque sea a unos amigos, a quienes tal vez se les excite con la narración del desplazamiento. Nosotros tenemos que hacer esa labor, recreando lo vivido, escribiendo o revelando los carretes de las máquinas: en suma, viviéndolo de nuevo, con la presentación de pruebas terminantes: las palabras o las fotografías. Jugándonos el tipo en cada instante, en busca del acierto.

Es lo que han hecho con Sigüenza, para dar forma a este bello libro. Manuel Méndez y Alfredo Villaverde -expertos ya en la tarea-, con minuciosidad y talento, a fin de convertir el arte de Sigüenza haciendo aflorar ante nuestra vista su tesoro, en una obra plástica y literaria de primera magnitud. Desmenuzando, pieza a pieza, su soberbio conjunto urbano, sus calles y sus plazas primorosas; y el interior de sus templos, de sus palacios, de sus casonas, en suma, su magia.

Todo está aquí rigurosamente planificado, desde las callejuelas lentas donde suspira el tiempo, mientras el pétreo navío desafía el oleaje de cuestas y tejados. Las siluetas de una campana con un castillo en la lejanía, una medieval travesía con balconadas y rejas, convertidos en filigranas de ayer. Las arcadas solemnes de una plaza, los vitrales de una iglesia, un ancestral torreón, por citar algunos casos, han sido captados con aquella parsimonia en la que Rodín decía radicaba la belleza. La impronta de un artista de la cámara, en las imágenes.

Pero aún concediéndoles su indiscutible valor, ellas serían algo muerto, apresado por un objetivo y nada más, si no contasen con la apoyatura y la rúbrica de los textos de Alfredo Villaverde. Ambos autores han colaborado ya en varios libros del estilo de éste y dominan la materia. Pero el conocimiento de su tarea, de nada serviría sin los sentimientos que al cumplirla muestran. Para unas fotografías de lujo que reflejan desde las vetustas piedras hasta los más jóvenes tipos de la ciudad, con sus costumbres y su hoy en marcha, las palabras de un poeta singular, alcarreño, enamorado de su tierra.

Un poeta, que en la Sigüenza, por él hallada con plenitud, ha bebido a raudales inspiración y armonía, allí donde el silencio aliente como un niño y la ruina entreteje su melodía rota. Allí donde la piedra gime mordida por el tiempo y las aldabas mudas repican en la noche . Palabras para el Doncel, que valen para Sigüenza entera y ante la que pasarán, sin duda, turistas indiferentes y asombrados viajeros espectantes.

Libro espléndido, que me complace presentar, porque en él se rompe el estatismo de las formidables fotografías, para convertirlo en algo vital, mediante la ayuda de un verbo esmaltado de aciertos, de certeros hallazgos que sólo el amor, en los dos casos, ha hecho posible. Un amor amasado con emociones profundas, que se trasladarán sin duda a cuantos pasen sus páginas, con el sosiego que su intención y su categoría requieren.

Por JESÚS VASALLO
Presidente de la Federación Mundial y de la Federación Española de Periodistas y escritores de Turismo
Madrid, 1991

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