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Aun a riesgo de incurrir
en lugares comunes, repetiré lo que tantas veces se ha hecho de
comparar
el placer de la mesa a los placeres espirituales más respetados. Todos
hemos leído o hemos visto en el teatro o en el cine la perfecta
combinación de un banquete con la música. Vienen a ser una pareja
modélica. Mientras los comensales comen o en su caso devoran, un
pianista puede estar interpretando la más melancólica de las
partituras, o también un conjunto de cámara lo más
distinguido de su repertorio. No es concebible ni en el pasado ni en el
presente un banquete de boda sin música.
Tan
importante es todo lo que concierne a la
comida que el Derecho le ha prestado una atención especial. La
referencia a los alimentos es frecuente, e incluso en el Código
Canónico se tienen muy presentes las implicaciones del sustento que
forma parte'importante de las obligaciones de los obispos con respecto
a los
seminaristas pobres. Nadie podrá negarle pretensiones espirituales a la
Iglesia. Incluso cuando un matrimonio en crisis inicia un proceso de
ruptura
del vinculo la fórmula legal que utilizan los ordenamientos
jurídicos es el de la separación de lecho, mesa y
habitación.
Que la
costumbre de reunirse alrededor de una
mesa es más que la estricta de alimentarse está demostrado por
una larga tradición histórica. Es muy acertada la conocida frase
de que la cocina también es cultura. Cultura o culturas, segúnlas
épocas y las costumbres que en todo caso han concedido una importancia
especial a lo que pasa en una mesa repleta de manjares. Los romanos, no
sabría precisar en qué época, al comenzar un banquete
elegían de entre ellos al que llamaban "Rex bibendi" el rey
por una noche que marcaba el ritmo de la comida y sobre todo de la
bebida y de
las canciones. Sólo se escanciaba y se brindaba cuando él lo
ordenaba y se cantaban las canciones por él elegidas según la
inspiración del momento. Este tipo de celebraciones gastronómicas
podían degenerar en auténticas orgías a poco que se le
fuera la mano al que rinaba por tan breve espacio de tiempo.
Por lo
demás, siguiendo con los romanos.
Luculo viene a ser uno de los más exquisitos gourmet de la
civilización occidental cuya fama resiste el paso del tiempo. La
anécdota que nos ha llegado tiene plena actualidad. Un día que
estaba solo, el jefe de los cocineros le sirvió una comida modesta y
ante las recriminaciones de Lúculo se disculpó diciendo que no
había invitados. Fue entonces cuando Lúculo le amonestó:
"¿Qué dices? ¿Acaso no sabías que Lúculo
cenaría hoy en casa de Lúculo?"
En esta
cuestión concreta del servicio y
de los señores,resulta obligado señalar al maestresala como el
precursor del sommelier aunque su función era mucho más
arriesgada. Tenía que probar la comida y la bebida de los
príncipes y demás poderosos de la tierra y no para comprobar si
el punto del asado era el adecuado, sino si las carnes o los vinos
estaban
envenenados. Este procedimiento resultaba eficaz para los venenos de
acción rápida. Sí el maestresala caía fulminado en
medio de espantosos retortijones, la prudencia más elemental aconsejaba
a los allá presentes que se abstuvieran. Para los otros venenos, los de
efecto retardado, evidentemente no servía pero tampoco se trataba de
que
el maestresala probara la víspera lo cocinado, pues lo que se hubiera
podido ganar en seguridad se perdía en calidad con la comida
recalentada.
Pero no
todos son respetuosos homenajes para la
buena cocina. Tiene poderosos enemigos. Citaré a dos de ellos, ambos de
origen americano. Los McDonaId en primer lugar y luego esa cosa
abominable que
se llama comida de trabajo. Ya te pueden ofrecer maná celestial a la
bullabesa. Te sentará mal si los demás se empeñan en
analizar los pormenores técnicos y comerciales de la próxima
campana de invierno para aumentar la cartera de pedidos. Que se vayan
al
infierno.
No me
despediré sin poner dos ejemplos
que constituyen los extremos opuestos de la misma función, la de comer.
En uno no participé, pues ni siquiera había nacido, en el otro
fui uno de los protagonistas. El primero tuvo lugar el 22 de febrero de
1926
para celebrar la inauguración por Alfonso XIII del Ferrocarril
Secundario de Zumarraga a Zumaya. Según relata en un brillante
reportaje
periodístico una tal Teresa Zarco, al susodicho monarca y a cargo de la
Diputación le agasajaron, mucho mas allá de lo que se
merecía, con: entremeses variados, huevos escalfados a la Regente,
salmón del Bidasoa, salsa tártara, pastel de hígado a la
Santa Alianza, pollastra de Urrestilla, ensalada italiana, bomba de
frutas,
pastel de milhojas y dulces variados. Todo ello regado con tintos de
Rioja de
1904 y champán "Cordón Rouge" de 1913, además de
los cafés, licores y cigarros.
El
segundo ejemplo sucedió en una fecha
imprecisa de, pongamos 1940, en lo más crudo del hambre que asoló
nuestras ciudades tras la guerra civil. Estaba yo con mis diez años y
mi
apetito de niño famélico, con mi tía Lola y mi abuela
Javiera. Era un día que se salía de lo comente y de las obligadas
y escasas lentejas siempre viudas, no porque fuera domingo, sino porque
mi
tía Lola había conseguido de no sé donde dos latas de
sardinas y un chorizo. Nos disponíamos a devorar aquellas
"delikatessen" cuando sonó el timbre. La vivienda era
pequeña, vieja y pobre. La cocina daba directamente a la escalera y la
única puerta de acceso era precisamente la de la cocina. Los tres
miramos alarmados hacia la puerta y tras una pausa, al segundo
timbrazo, sin
decimos nada, coincidimos los tres en esconder apresuradamente las
latas y el
chorizo y los platos que nos podían delatar. A saber quien era el
inoportuno: ¿Conocido?, ¿vecino?, ¿amigo?, ¿gorrón?,
¿pedigüeño?...
Por
último, un famosísimo consejo
de Brillat-Savarin. Siglo XVIII-XIX, el no va más del refinamiento,
autor de "Fisiología del Gusto o Meditaciones de Gastronomía
Transcendente": Aforismo: "Convidar a una persona es encargarse de su
bienestar durante lodo el tiempo que esté en nuestra casa".
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